
Europa no es ajena a la guerra: ha vivido en un conflicto casi ininterrumpido desde la Antigüedad. Las invasiones de las tribus germánicas desde el siglo III d.C., la fragmentación del Imperio romano en el año 476, las guerras feudales medievales, los conflictos religiosos, las campañas napoleónicas y, finalmente, las dos guerras mundiales del siglo XX conforman un continente que ha sido, históricamente, su propio peor enemigo. La paz europea posterior a 1945 es, en realidad, una anomalía histórica notable, no la norma.
Precisamente por eso sorprende que los actuales líderes europeos parezcan haber olvidado esa lección. En el contexto actual, la guerra de Ucrania ha dejado de ser un conflicto regional para convertirse en la excusa perfecta de una peligrosa escalada global. Lejos de buscar vías diplomáticas o la contención, en las capitales europeas se respira una abierta voluntad de guerra contra Rusia. Los líderes de la Unión Europea parecen inmersos en una preocupante deriva belicista, utilizando el sufrimiento en Ucrania no para proteger vidas, sino para justificar una política de confrontación total y un rearme sin precedentes. Esta postura kamikaze se está imponiendo sin un debate democrático real y sin consultar genuinamente a los ciudadanos, que son quienes pagarían el precio más alto —humano y económico— en caso de un choque abierto entre potencias nucleares.
La preocupación es legítima: en ambas guerras mundiales, Europa quedó devastada material y humanamente, mientras que Estados Unidos entró tarde, salió fortalecido económicamente y se posicionó como el financiador y arquitecto de la reconstrucción, consolidando así su hegemonía sobre el continente. Hay razones de peso para preguntarse si ese esquema histórico se está repitiendo, con una Europa que entrega su propia seguridad y autonomía en favor de una agenda geopolítica ajena.
Lo que el continente necesita hoy no es más retórica de trinchera, ni alimentar esa ciega voluntad de guerra con Rusia a costa del conflicto de Ucrania, sino líderes con altura de miras. Hacen falta estadistas capaces de sentar a las partes y negociar una solución duradera antes de que la espiral sea irreversible y nos arrastre a la Tercera Guerra Mundial.
Basta de propaganda de mandatarios atrincherados en sus puestos que vetan cualquier debate abierto. Se echa de menos una mirada independiente: faltan comisiones parlamentarias críticas, análisis geopolíticos neutrales y posturas que defiendan la paz. Parece que ya no se busca la diplomacia, sino alimentar el discurso de las armas. De esta situación no solo son responsables los políticos; también lo es una clase periodística que ha renunciado a su independencia, actuando como altavoz de la confrontación y convirtiéndose en cómplice de un pensamiento único, tal y como ya ocurrió en los capítulos más oscuros y tristes de la historia europea.
Ana Fernández
